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martes, 27 de septiembre de 2011

El flechazo

Unas semanas antes de emprender este raudo viaje, viaje que, como todos los periodos de tiempo cortos donde la ansiedad hace mella con su presencia, acaba convirtiéndose en un trayecto insoportablemente eterno, ya había perdido por completo las fuerzas para seguir arrastrando el lastre en el que consistía mi vida. Agotada por el peso de los días, los meses de soledad, la tristeza de aquellas paredes teñidas de vacío y toda la casa impregnada de melancolía, ya tenía tomada la decisión de poner fin a mi existencia. Los óleos del pasillo me susurraban la dirección que había de tomar, pero no el vehículo en el cual dirigirme, el medio con el que acercarme a ella. Pensaba las posibles opciones con las que ejecutar mi acción. ¿Lanzarme al vacío? No era la manera más idónea, y menos viviendo en un cuarto piso; probablemente el golpe sería mortal, pero ¿y si no lo fuese? Mi sufrimiento acabaría con una situación posterior insostenible de la que jamás escaparía sin ayuda. ¿Cortarme las venas con un afilado cuchillo? Carezco del valor suficiente. Una simple extracción de sangre me provoca mareos, así que sólo pensar en el cajón de los cubiertos, el crujir de la piel, la herida abierta brotando ese líquido denso y templado... ¡Dios, se me nubla la vista!... Ingerir medicamentos era otra opción, mas nunca he estado enferma; sólo algún constipado, alguna fiebre y quizá alguna mala digestión por haber comido más de lo habitual, o algo en mal estado. Desesperada, me senté frente al ordenador, dispuesta a encontrar algo letal que poder adquirir en la farmacia más cercana. […]

Aún no sé cómo sucedió, ni qué extraña fuerza me llevó de una página a otra, de una noticia a una web, de un blog a un foro, de un vínculo a otro vínculo, y sin más ya estaba allí, delante de su foto, sin apenas escuchar el susurro cartilaginoso de aquellos óleos polvorientos del pasillo; y su foto fija en mí tras el cristal del destino, parecía decirme algo en un lenguaje cifrado, un lenguaje de signos imposible de entender, un idioma que sólo aquél que alguna vez se ha sentado frente a una pantalla de cristal líquido, y se asoma a esa maravillosa ventana, podría entender y entiende qué significa el poder de una mirada. Y yo saltando de vínculo en noticia, de blog en ventana, de página en foro, hasta acabar posada en sus ojos negros, ojos letales que, como un veneno, a partir de ese instante, se han tatuado dentro de mi pecho convirtiéndose en puntal de mi existencia.

Ansiosa, como necesitada de su aliento, busqué cualquier referencia a ese ángel caído del cielo en tan extraño momento de mi vida, y mostrado ante mí para ser mi salvación. Comencé a indagar todo lo que le concernía y, en cuestión de minutos, empezó a importarme únicamente lo suyo, al mismo tiempo que, como una daga, se iban hundiendo en mi costado y en mi corazón sus grandes ojos, su pelo negro, su mirada dulce y tierna pero a la vez protectora, y su cuerpo bien definido, fuerte y elegante.

- ¿Dónde habías estado toda mi vida, tesoro mío? Por fin he dado contigo. César, tu nombre es César... ahora podré ir a tu encuentro. Sólo he de localizar exactamente dónde estás y nada podrá separarnos. Nada. Ya no temo ni a la misma muerte. Así tenga que pasar día y noche perdiendo las uñas en este teclado, así se me vayan los días y las noches para encontrarte... pero iré en tu busca.

Dos días pasé hasta localizar todos los datos correctos, porque suele suceder que, cuanto mayor es el empeño en realizar búsquedas complejas, peores son los resultados; las páginas estaban obsoletas por dejadez en las actualizaciones, los teléfonos de contactos no eran correctos, el mail no correspondía a ningún correo existente y, a todo esto, mi sensación era de total desconsuelo y aumentaba por momentos. Hasta que comenzó a brillar el sol por un pequeño resquicio: el teléfono sonó inesperadamente, comencé a hilarlo todo, recibí la dirección nueva equivalente a la antigua que aparecía en la página ya visitada, y el rompecabezas empezó a tomar forma. Ya sólo restaba poner fecha de salida y comprar el billete. Partiendo bien temprano el día dispuesto, en tres o cuatro horas, a lo sumo, estaría allí, y después... sólo sería cuestión de llegar hasta el punto de encuentro.

En realidad no voy a aprender nunca, esto no deja de ser otro disparate más para mi colección de chifladuras. Aunque, pensándolo bien, ¿irresponsable por qué? ¿Porque hago caso de mi corazón y he desechado la idea del suicidio? César, sólo sé que tu existencia ha sido puro sufrimiento, y que estamos hechos el uno para el otro. Si por ir en busca de mi destino soy una loca temeraria, que me encierren por ello. Ambos hemos padecido, y sabremos entendernos tan sólo con mirarnos a los ojos. Y en los tuyos, como en los míos, está escrito el dolor del abandono.

El viaje sigue haciéndose eterno, inacabable; por los cristales parece que los árboles apenas se mueven, o soy yo misma, que perdiendo la vista en el infinito, me quedo completamente ausente del entorno. Un libro me hace compañía en el transcurso del viaje, repleto de pequeñas historias, sencillas y amenas, fáciles de leer y que en cualquier momento puedes dejar de hacerlo sin perder la concentración de todo un argumento. Entre sus páginas llevo la foto de César que obtuve de internet, y que de tanto tocarla, mirarla, guardarla, volverla a coger y ponerla de nuevo entre las hojas, la tengo arrugada por las esquinas. Se ha renovado en mi interior un sentimiento que no recordaba desde años ha, una explosión en el pecho, un torbellino que me ahoga, un maremoto que sube y que baja desde el estómago a la boca y parece que fuese a asfixiarme. Parezco una quinceañera. ¿Qué me está sucediendo? No puede ser. Es imposible. Demasiadas emociones para mí. Y muy pronto estaré junto a César. Si ahora me encuentro de esta forma, ¿qué sucederá cuando estemos frente a frente? Mejor no pensarlo.

Antes, los viajes en tren tenían más encanto, todo era más lento. Se degustaban los paisajes tal que platos de comida casera, como cuando íbamos al pueblo a ver a los tíos, y la abuela nos preparaba aquel cordero con guisantes que sólo ella sabía cocinar. Ahora todo va deprisa, los árboles van deprisa, el horizonte va deprisa, mi corazón va deprisa… ¡Qué estoy haciendo, Señor! Me aventuro hacia lo desconocido, voy en pos de un sueño, una quimera, un deseo tal vez hecho realidad. Tal vez. Sólo un sueño tal vez, sólo un deseo. Sólo tal vez…

...

- Buenas tardes

- Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarla?

- Hola... soy Fátima González... hablé por teléfono con Charo acerca de César y...

- ... ¡Sí, yo soy Charo! Pasa Fátima, ¡no te quedes ahí! Sígueme hasta el recibidor. Sólo tendrás que esperar un instante mientras llega “tu adorado flechazo”.

Los minutos parecen horas en el reloj de Fátima, sentada, temblorosa, con las manos heladas y los labios resecos. Mira a todas partes queriendo descubrir alguna respuesta, algún indicio a tanta demora, pero no hay tal tardanza; la inquietud le destempla aún más los nervios y su único deseo es que, por fin, se produzca el encuentro. Mientras mira la foto que la ha acompañado durante todo el viaje, no percibe la presencia de un señor alto y fuerte, con la piel tostada por el sol, al que acompaña César. Sus ojos rebosan de alegría y caen perlas cristalinas por su rostro.

- ¡César, mi vida!

Entre ambos es suficiente una mirada. César corre hacia Fátima como si la conociese de toda la vida. Ella emocionada sólo sabe abrir los brazos para esperarle, y en ese mágico instante donde lo imposible se hace posible, César, de un salto tira al suelo a la pobre Fátima, enjugando a base de lametones las lágrimas de su cara.


Ana Mª Álvarez Barroso © 2008

martes, 12 de julio de 2011

Amor de padre

¡Soy inocente! Sólo fue un ataque de impulsividad, sólo eso. La situación se me fue de las manos. La insulté, vilipendié y golpeé, sí, pero no fue culpa mía. Si ella hiciera las cosas como hay que hacerlas, a mi manera, no se me hubiesen nublado los sentidos. No soy un maltratador. Le golpeé esa calabaza que tiene por cabeza porque me iba a denunciar. Buscaré la manera de convencerla para que quite esta maldita orden de alejamiento interponiendo un recurso, pidiendo un indulto o lo que sea necesario. Volverá a mi lado. Y entonces, sutilmente, blandiré el acero de mis palabras, desquiciándola, para que ella misma se lance por un puente sin tener que manchar mis manos de sangre. Los locos se suicidan ¿no es cierto? Así estaré libre de culpa… Y como soy bueno, mi hija ya sólo podrá quererme a mí...


Ana Mª Álvarez Barroso © 2010

lunes, 4 de julio de 2011

El cuento equivocado


“Este gordo ocupa mucho lugar” dijo mientras se enjugaba las lágrimas. Lo intentó de mil maneras pero el zapato apretaba demasiado. Así pues, su último recurso no fue otro que frotar la lámpara. Tras una aparición estelar, el fornido genio examinó el pie de la jovencita y el ingente tamaño de su dedo. “Habrá que hacerlo desaparecer… ” Cenicienta asintió entre lamentos, convencida de que el Hada no hubiese sido tan drástica, aunque a un Genio tan atractivo se le podía perdonar todo. Acto seguido, el perspicaz genio volatilizó al príncipe e invitó a cenar a Cenicienta. “Esto te pasa por equivocarte de cuento”.


Ana Mª Álvarez Barroso © 2011

domingo, 23 de enero de 2011

La barra de labios




















“En realidad no parece tan desagradable” –pensó Isabel cuando llegó con su pequeña maleta y el neceser en la mano.

Miró la habitación, algo desabrida, con un visillo blanco que tapaba únicamente el hueco de la ventana. Parecía uno de esos hoteles baratos en los cuales, si tiras con brusquedad de las cortinas, te quedas con ellas en las manos. Se asomó y tenía vistas a la zona ajardinada que pertenecía al centro. Dos camas individuales, con sus respectivas mesillas de noche, acondicionaban la estancia; sobre las cuales, unas colchas color verde agua eran el único toque de color en la sala. Isabel, sin decir nada, dejó la maleta en el suelo, y el neceser sobre la cama que estaba junto a la ventana. Tomó su bolso, lo abrió con parsimonia y, tras sacar un libro -como si hubiese hecho un conjuro invocando a todos los dioses- se recostó en la cama a leerlo.

Poco duró su tranquilidad. Empezó a escuchar voces por el pasillo.

-¿Cómo? ¿Sin decírmelo antes? ¿Sin mi permiso siquiera? ¡De ninguna manera pienso aguantarla!

Un huracán entró en la habitación, y con un golpe en la puerta sólo se escuchó la voz chillona de Ana.

-¿Quién narices eres tú, y qué haces en mi cama? ¡Vamos! ¡Levanta el pandero de ahí a la de “YA”!

Isabel, estupefacta, no podía articular palabra. Se levantó de la cama sin soltar el libro, se retiró hacia la ventana y preguntó con voz muy baja si ella era su compañera de cuarto. Y esa era la realidad, ese torbellino con voz de grillo sería la acompañante de sus días estivales. Mas la cosa pintaba fea, y esto sólo había hecho empezar. Así que retiró todo lo suyo y lo dispuso en la otra cama. Ana, aunque más joven, era la veterana y tenía derechos que ella no tenía, así que, de momento sólo podía “hacer mutis por el foro”.

Conforme pasaban los días, Isabel se iba adaptando al calor veraniego, a los nuevos compañeros, a Ana y sus berrinches. Le encantaba, sobre todo, la hora de gimnasia porque estaba notando que hacer ejercicio era algo que le sentaba muy bien, y nunca había cuidado demasiado su aspecto físico. De hecho, si estaba empezando a hacerlo era debido al fisioterapeuta que controlaba toda la tabla de actividades, un muchacho muy atractivo que las tenía a todas “locas”. Evidentemente, Isabel y Ana no iban a ser menos. Pero siendo compañeras de habitación, la probabilidad de disonancia entre estas dos bellas notas musicales era realmente alta. Tan alta que, de un día para otro, comenzó una guerra campal.

-“¿Dónde la has puesto? Has sido tú, seguro. Nadie ha podido entrar en la habitación más que tú. ¡Eres una víbora!” –increpa Isabel, con tono dolido y lloroso a su compañera.

-“¿Yo? No sé de qué me hablas. ¡Y no me insultes!”

-“¡Que me la des! ¡Quiero mi barrita de labios color coral! Me hace juego con la cinta del pelo…” –casi llorando- “¡Devuélvemela, es mía! ¡Ladrona!”

-“¿Robarte yo esa barra de labios? ¡Pero si tiene un color espantoso! Eso no conjunta ni con mi pijama viejo… Además, estás horrorosa con ella; Isabel, mejor que la hayas perdido.”

-“De horrorosa nada, que a Eloy le encanta como me queda. Siempre me lo dice cuando llegamos al gimnasio.”

-“Isabelita, hija, qué ilusa eres, te lo crees todo. ¿Pero todavía no te has dado cuenta que tú no le gustas?”

-“¿Cómo que no le gusto? Pero si es un primor conmigo, y es tan atento…”

-“Por eso mismo no le gustas, porque es atento; sólo te adula por cortesía. Quien le gusto soy yo”

-“Ni hablar, le gusto yo, ¿cómo le vas a gustar tú, delgaducha?”

-“¡Ja! Le gusto yo, desengáñate”

-“¡No, no, y no! ¡Le gusto yo!”

Le gusto yo, le gusto yo, le gusto yo… y así los gritos fueron aumentando, y ensordeciendo todo el pabellón, hasta que momentáneamente irrumpió un responsable del centro en la habitación de ambas.

-“Buenas tardes, ¿se puede saber a qué se debe esta algarabía?”

-“Muy sencillo, Ana me ha robado mi barra de labios, y …”

-El responsable interrumpe a Isabel “¿Pero os parece bonito a vuestra edad? Señoras mayores, ochentonas, pasando el verano en una residencia ¿y peleando por una mísera barra de labios? Vamos, Ana, si la tienes, devuélvesela, y si no, dejaos de bobadas, que parecéis quinceañeras. ¡Por Dios! Que ya sois mayorcitas, os la prestáis, y santas pascuas. No es tan difícil convivir y llevarse bien, ¡vamos, digo yo! Espero que una situación como esta no vuelva a repetirse más.”

Isabel, consternada, cogió su libro, miró a Ana fijamente a los ojos como si quisiese atravesarla, con el expreso deseo de leer su pensamiento intentando adivinar el escondite secreto donde tenía su mayor tesoro: su lapiz labial. Mas como no cabía esa posibilidad, no tuvo otra alternativa que salir del habitáculo que compartían, ya que sólo podría sentir alivio estrangulándola, y sus manos de anciana no poseían la fuerza suficiente para ello.

Mientras tanto, Ana quedó en silencio. Tras ver salir a Isabel de la habitación, se asomó a la ventana y la vio leyendo en uno de los bancos de hierro del jardín. Segura de su soledad se sentó en la cama, abrió el cajón de la mesilla, cogió un espejito de bolso y, escondida debajo de las sábanas, estaba el lápiz labial de Isabel. Se miró al espejo, se pintó los labios, y en su rostro lleno de arrugas se dibujó una pícara sonrisa.


Ana Mª Álvarez Barroso © 2009