jueves, 9 de junio de 2011

Chantaje emocional













SIEMPRE SE NECESITAN DOS PARA EL CHANTAJE

Exploraremos la psiquis de un chantajista. No todos tienen el mismo estilo o los mismos rasgos caracterológicos: algunos son pasivos; otros, bastante agresivos; algunos son directos y otros sumamente sutiles; algunos nos dicen con mucha claridad cuáles serán las consecuencias si los contrariamos, y otros, por fin, enfatizan cuánto los estamos haciendo sufrir.

Pero más allá de cuán diferentes puedan aparecer a primera vista, todos ellos tienen grandes rasgos en común, características que alimentan su conducta manipuladora. Veremos cómo estos chantajistas utilizan el miedo, la obligación y la culpa, además de otras armas, y comprenderemos qué los impulsa a actuar de la manera en que lo hacen.

El miedo - el miedo a las pérdidas, el temor al cambio y al rechazo, el miedo a la pérdida del poder- es el terreno común en que se mueven todas as personas que se convierten en chantajistas. En algunos casos, esos miedos radican en una larga historia de sentimientos de angustia e ineptitud. En otros, podrán ser la respuesta a incertidumbres y estrés más recientes, que han socavado su autoestima y sus sentimientos de competencia y seguridad. El potencial para convertirse en chantajista aumenta en forma súbita a medida que los miedos se acumulan en la vida de esa persona. Verán con cuanta facilidad ciertos hechos desencadenantes, como el rechazo sentimental por parte de otra persona, la pérdida de un trabajo, un divorcio, el retiro de la vida laboral o una enfermedad pueden convertir en chantajista a alguien de nuestro entorno inmediato.

El precio que pagamos cuando cedemos reiteradamente al chantaje emocional es enorme. Los comentarios y actitudes del chantajista nos hacen sentir desequilibrados, avergonzados y culpables. Sabemos que tenemos que modificar la situación y, reiteradamente, nos prometemos que lo haremos, sólo para encontrarnos, una y otra vez, burlados y manipulados, como que hemos caído de nuevo en una emboscada.

Comenzamos a dudar de nuestra capacidad de mantener las promesas que nos hacemos y perdemos la confianza en nuestra eficiencia. Nuestra autoestima se va erosionando. Y lo peor de todo es , quizás, que cada vez que nos rendimos al chantaje emocional, perdemos contacto con nuestra propia integridad, esa brújula interior que nos ayuda a determinar cuáles deberían ser nuestros valores y nuestra conducta. A pesar de que el chantaje emocional no es un abuso psicofísico violento, no hay que caer en la tentación de suponer que el precio que se paga no es muy elevado. Cuando convivimos con él, el chantaje emocional nos carcome y se expande hasta dañar en lo más hondo nuestras relaciones más importantes y nuestra propia autoestima.

Sin nuestro consentimiento, el chantajista se vuelve totalmente impotente.

Para que el comportamiento de alguien pueda ser calificado de "chantaje emocional" , deberá tener ciertos componentes. Podemos hacer ese diagnóstico de la misma manera que un médico determinaría que una persona tiene algún malestar físico: analizando los límites.


LOS SEIS SÍNTOMAS DEL CHANTAJE EMOCIONAL

1. EXIGENCIA: Jim quiere algo de Elena. Sugiere que, dado que la relación entre ambos es tan estrecha y que comparten gran parte del día, lo más lógico sería irse a vivir juntos. "Prácticamente ya estoy viviendo en tu casa- le dice Jim a Elena-. Lo único que nos falta es oficializar esta situación". Agrega que, dado que el departamento de Elena es muy amplio y que, de todos modos, la mitad de sus pertenencias ya están allí, la transición sería muy simple.
Hay ocasiones en que los chantajistas no expresan con tanta claridad o que quieren, sino que tratan de que el otro lo adivine. Jim, por ejemplo, habría podido plantear su deseo en forma indirecta: mostrarse resentido en ocasión del casamiento de un amigo y decir, después de haberle preguntado a Elena, con insistencia, qué le pasaba: "Quisiera poder compartir más tiempo contigo; a veces me siento tan sólo...", para agregar, finalmente, que le gustaría irse a vivir con ella.
A primera vista, la sugerencia de Jim parece nacida de un profundo amor y no tiene las connotaciones de una demanda. Pero pronto resulta evidente que está decidido a obtener lo que quiere y que no piensa discutir el tema o cambiar de idea.

2. RESISTENCIA: A Elena, la idea de que Jim se mude a su casa la molesta, y expresa ese sentimiento diciéndole que no está preparada para ese cambio fundamental en la relación. Lo quiere mucho, pero, por ahora, quisiera que él tuviese su propia vivienda.
Si Elena fuera una persona menos franca y directa, su oposición podría llegar a expresarse de otra manera. Quizás se distanciara de Jim, mostrándose menos afectuosa, o diciéndole que ha decidido pintar su departamento y que él tendrá que llevarse sus cosas hasta que haya terminado con los trabajos. Por el contrario, expresa su resistencia sin ambigüedades y el mensaje queda clara. La respuesta es "no".

3. PRESIÓN: Cuando Jim se da cuenta de que Elena no reacciona como él quiere, no hace el menor esfuerzo por entender los sentimientos de ella sino que, por el contrario, la presiona para que cambie de idea. Al principio actúa como si estuviera dispuesto a discutir el tema, pero esa discusión se convierte en un monólogo que tiene el tono de un sermón. Transforma la afirmación de Elena en una exposición de fallas de ella y plantea sus propios deseos y exigencias como algo sumamente positivo. "Solo quiero lo mejor para los dos. Quiero darte más cosas. Cuando dos personas se aman, deberían desear compartir su vida cotidiana. ¿O es que no quieres compartir tu vida conmigo? Si no fueras tan egocéntrica, podrías abrirte más a las cosas buenas de la vida".
De inmediato pasa a una actitud más seductora y pregunta: "¿Es que ya no me amas lo suficiente como para tenerme siempre a tu lado?” Otro chantajista podría incrementar la presión insistiendo con vehemencia en que, al vivir juntos, el vínculo entre ambos se estrechará y la relación mejorará aún. Sea cual fuere el estilo utilizado, la presión termina por aparecer, por más que se la disfrace con expresiones benévolas tales como, por ejemplo, las de Jim al manifestar cuánto le duele la renuencia de Elena.

4. AMENAZAS: Al ver que sus deseos chocan contra una pared, Jim hace saber a Elena que, si ella no cede a su pedido, sufrirá las consecuencias de su negativa. El chantajista puede amenazar con causar dolor o desdicha. Podrá decirnos cuánto lo estamos haciendo sufrir. Podrá tratar de conquistarnos con promesas relativas a todo lo que nos dará o cuánto nos amará si hacemos lo que nos pide. Jim presiona a Elena con amenazas veladas: "Si no eres capaz de asumir este tipo de compromiso, después de todo lo que compartimos y significamos el uno para el otro, quizá sea mejor que empecemos a tratar de conocer a ora gente". No amenaza directamente con romper la relación, pero a Elena le resulta imposible ignorar lo que sus palabras implican.

5.OBEDIENCIA: Elena no quiere perder a Jim y se dice a sí misma que tal vez sea un error de su parte decirle que no quiere que vaya a vivir con ella, a pesar de que la idea de una convivencia le sigue resultando incómoda. Ha analizado sus reparos de disuadirla. Algunos meses más tarde, Elena depone su resistencia y Jim se muda a su casa.

6. REITERACIÓN: Al triunfo de Jim sigue un período de paz y serenidad. Ahora que ha conseguido lo que quería, aflija la presión y la relación parece estabilizarse. Elena sigue incómoda con la situación generada, pero también siente una gran alivio al haberse librado de la presión y recuperado el amor y la aprobación de Jim. Éste, por su parte, ha comprobado que presionar a Elena y hacer que ella se sienta culpable es una receta infalible para obtener lo que se le ocurra. Y Elena se ha dado cuenta de que la forma más rápida de cortar con las tácticas de presión de Jim es ceder a sus deseos. De esta manera, ha quedado establecida la base para un esquema reiterativo de exigencias, presiones y capitulaciones.

Estas seis características constituyen el núcleo del síndrome del chantaje emocional.


UNA MALA PALABRA QUE EMPIEZA
CON "M": MIEDO

El chantajista emocional construye su estrategia consciente e inconscientemente en base a la información que nosotros le suministramos acerca de lo que nos causa miedo. Observan de qué cosas huimos y qué cosas nos ponen nerviosos, se fijan en cómo reaccionamos físicamente en respuesta a las cosas que sentimos. No es que tomen nota activamente y registren la información para utilizarla luego en contra de nosotros; todos absorbemos ese tipo de conocimientos sobre las personas que nos rodean. En el chantaje emocional. El miedo transforma también al chantajista . De una manera simple, podemos decir que el miedo que siente el chantajista emocional de no obtener lo que desea se vuelve tan intenso, que lo único que atina a hacer es centrar su atención en el resultado deseado, lo cual le imposibilita apartar su mirada del objetivo y percibir de qué manera su forma de actuar nos afecta a nosotros.
En esta instancia, toda la información que han recogido sobre nosotros en el transcurso de la relación se convierte en su herramienta para cerrar un trato alimentado por el miedo de las dos partes involucradas, La condiciones que nos ponen están hechas a medida para nosotros: si haces lo que te pido, yo no:...
· Te abandonaré.
· Te censuraré.
· Dejaré de amarte.
· Te gritaré.
· Te haré sufrir.
· Me opondré a tu voluntad.
· Te despediré.

LO ÚNICO QUE LES IMPORTA
SON ELLOS MISMOS

Todos los chantajistas que hemos visto focalizan su atención casi por completo en sus propias necesidades y la forma en que sus presiones nos afectan a nosotros no les importan en lo más mínimo.

LAS CARACTERÍSTICAS QUE NOS HACEN VULNERABLES AL CHANTAJE EMOCIONAL

· Una excesiva necesidad de aprobación.
· Un profundo miedo al enojo y la ira de quienes nos rodean.
· Una gran necesidad de paz, sea cual fuere su precio.
· Una tendencia a asumir demasiada responsabilidad por la vida de los demás.
· Un alto nivel de inseguridad con respecto a nuestro valor y capacidad.













¿QUIÉN ENTRENA AL CHANTAJISTA EMOCIONAL?


Cuando usted es presionado por un chantajista:

· Se disculpa
· "razona"
· discute
· llora
· suplica
· cambia o cancela planes
y citas importantes
· cede, en la esperanza de que sea la última
vez
· se rinde

A usted le resulta difícil o imposible
· defender su posición o sus propias
necesidades
· enfrentar lo que le está sucediendo
· poner límites
· hacerle saber al chantajista que su conducta
es inaceptable

Si contestó afirmativamente a cualquiera de estas preguntas, usted está actuando como entrenador y es protagonista en el drama del chantaje emocional.

Nota: Este artículo pertenece a la página http://www.inteligencia-emocional.org/

jueves, 2 de junio de 2011

De versos encendidos, editorial Hipálage




















"Con el objetivo de publicar un libro de poemas de temática encendida, la Editorial Hipálage convocó, en 2010, la primera edición del Premio de Poesía Amatoria, Gozosa y Erótica.
De los 897 trabajos que se recibieron para el certamen se han seleccionado 330 textos más los dos ganadores.

De versos encendidos es un libro que fomenta la lectura ya que la brevedad de cada poema facilita que pueda ser leído en cualquier parte y momento del día: al viajar en metro, esperar en la cola del banco, pasear por el parque, etc.

Al igual que otros libros de poemas de la Editorial Hipálage, como Poemas para un minuto I (octubre 2007) y Poemas para un minuto II (abril 2008), este título es, sin duda, muy recomendable para todos los lectores.

Es un libro de 21,5x15, 350 páginas, impreso y encuadernado en rústica como el resto de los libros de la Editorial Hipálage, y con ISBN: 978-84-96919-38-9. Su PVP es de 20 euros y puede adquirise directamente, sin gastos de envío alguno, en pedidos@hipalage.com

Igualmente, «De versos encendidos» se encuentra a la venta, bajo pedido, en las librerías de toda España y también on-line en el Sistema Readontime, en Amazon, Librerías Gandhi y en El Corte Inglés bajo demanda.

El listado de textos incluidos puede consultarse aquí. "

www.editorialhipalage.blogspot.com/

Desde aquí, sólo quiero agradecer que mi poema "El pecado" haya sido seleccionado para formar parte de esta edición. Mil gracias.






jueves, 12 de mayo de 2011

Soneto de Francisco Luis Bernárdez
















Si para recobrar lo recobrado
debí perder primero lo perdido,
si para conseguir lo conseguido
tuve que soportar lo soportado,

si para estar ahora enamorado
fue menester haber estado herido,
tengo por bien sufrido lo sufrido,
tengo por bien llorado lo llorado.

Porque después de todo he comprobado
que no se goza bien de lo gozado
sino después de haberlo padecido.

Porque después de todo he comprendido
que lo que el árbol tiene de florido
vive de lo que tiene sepultado.


Francisco Luis Bernárdez

sábado, 23 de abril de 2011

MUJER Y SEMANA SANTA, por Ana Mª Tomás




Ya saben ustedes que se les suele llamar “Baranda” a quienes en todo mandan. Vamos, en todo todo, no, sino en la amplia parcela en la que los mandamases se mueven. Bien, pues esto va, con todo el respeto del mundo, para aquellos Barandas que se mueven en el terreno de las normativas semanasanteras. Y, por aquello de que algunas cofradías le echan la patata caliente a la Iglesia y las jerarquías eclesiásticas a las cofradías, con el permiso de unos y de otros, los aglutino a todos en mi reclamación. Porque esto es una reclamación pública y en toda regla que hago en nombre de la Mujer.


Nos encontramos en el inicio de la Semana Santa. Evidentemente, no puede negarse que muchos lo celebren más como una festividad “festiva” que como un reencuentro de las raíces cristianas. Es cierto que muchos cofrades tienen en sus mentes apareada la idea de procesiones y juerga; imágenes y cervezas; tambores y diversión. Aunque también es cierto que otros la viven desde el recogimiento y el reencuentro con la esencia del ser humano. De todas formas, se viva como se viva no voy a ser yo –no me atrevería a tanto- quien critique o sugiera la forma individual de vivirla. Sin embargo, sí creo estar cualificada para pedir a las Hermandades que prohíben expresamente que una mujer vista sus túnicas que deroguen tan lamentable y oscura decisión. Fíjense que no se me ocurre decir para nada que me parece una clara injusticia sexista puesto que considero que es una oscura e injusta decisión. Y se las argumento, tanto desde el punto de vista jurídico como religioso. Nadie desconoce (aunque la realidad diga lo contrario) que Mujeres y Hombres somos iguales ante la Ley, según nuestra Constitución, así que, aunque sólo fuera por eso, no hay razón argumentativa socialmente para prohibir la entrada a mujeres en determinadas Hermandades. Pero, si ante la sociedad somos iguales, ante la religión también, por mucho que el machismo imperante desde las cavernas se empeñe en demostrar lo contrario. San Pablo, obviamente condicionado por su cultura judía y su tiempo, no olvidemos que ya hace de esto más de dos mil años, soltó algunas perlas por su boca destinadas a descalabrar cualesquiera preponderancia de la mujer sobre el hombre, pero también dijo: “Ya no hay hombre ni mujer: todos sois uno en Cristo Jesús” (Gal 3,28). Eso, sin olvidar que fue una Mujer la responsable de la cristianización definitiva del imperio romano a partir del s.IV: Sta. Elena, madre del emperador Constantino. Y “lo más importante”: no olvidemos que fue el Maestro quien demostró a lo largo de su corta vida pública que la Mujer estaba a la misma altura que el hombre. O un poquito más. Tengan en cuenta los señores Barandas que impiden a la Mujer ponerse una túnica, que fue precisamente a una mujer a la primera que Jesucristo eligió para mostrarle su triunfo sobre la muerte. Y eso que conocía perfectamente el valor que una mujer tenía en su comunidad. ¿No sería eso suficiente razón para abolir cualquier vestigio de injusticia (que no de machismo) sobre la mujer y las cofradías?

Y no, no me vengan diciendo que si la tradición… porque por tradición los romanos seguirían echándonos a los leones; que si la normativa… porque la normativa la hacen los hombres y pueden cambiarla cuando gusten; que si la religión… por religión hay franciscanos y clarisas, dominicos y dominicas…, vamos, que no encuentro argumento alguno (sí, sí, ya sé que muchos de ustedes me pueden dar montones, pero digo argumentos razonables) para que a día de hoy todavía haya Hermandades en donde esté prohibida la presencia de una mujer.

Salvando las distancias, en Yecla ocurría lo mismo con los Alcabuceros, hasta que una mujer agarró un escopetucho y se lío a pegar tiros junto a los hombres rompiendo así una tradición de siglos ¡Pues claro! Toda tradición comienza un día. Igual las mujeres apartadas de vestir una determinada túnica de Semana Santa tenemos que hacer como las yeclanas. Y no, no me refiero a ponernos a pegar tiros al aire (aunque lo piense) sino, simplemente, a vestirnos las túnicas de nuestros padres y a salir en procesión (con vela o trabuco) a ver quién en capaz de lanzarnos la primera piedra que nos saque fuera de la fila.

www.anamariatomas.com

jueves, 7 de abril de 2011

Invicto





















De nuevo la afrenta,
proveer el día de viscosas mentiras,
vorágine de palabras ponzoñosas
-extravíos de tu boca-;
no merezco la emboscada en que me encuentro.

Qué ha de ser, sino vacío,
hallar mi nombre desgarrado a tiras,
fragua donde arde cada estigma,
hecho verso un día,
devastado por oleajes de miseria.

Recoge las exequias
de este viernes sumiso y mortecino,
los pedazos inconexos -moribundos-
de mi amor-cadáver,
abatido sin piedad por tu desprecio.

En este holocausto
no he sido yo quien ha muerto.
Rezuman tus poros el azufre del averno
-laurel en tus sienes-
que invicto, habrá de acogerte.

De nuevo la vida.
Asumir el error de haberte amado
y, anónima, reinventar mis huellas.
Qué sabe nadie
cuánto duele recuperar el alma.


Ana Mª Álvarez Barroso © 2011

lunes, 21 de marzo de 2011

Decisión








Ausentemente,
como la luz velada de esas fotos
descoloridas por el beso de los años,
decadentes y agrietados,
se perfilan los recuerdos en mi historia.
Y no presiento más que un roce,
sólo un aleteo, aire cuajado;
lo que tanto esperé me llega inerte,
losa inerte, piedra inerte, beso, muerte...

Sé que nunca sabré dar ese paso,
escoger entre ambos elementos,
tierra y fuego, llama y hielo, calma, celos,
es la búsqueda de un mar en una estepa.
Porque no he de redimirme en tus poemas
como no he de perderme en tus pasiones,
Ni tú ni yo somos agua que nos sacie
mutuamente la inconsciencia conocida.
No uses llamas encendidas esta noche
que mi hoguera está prendida en otra estrella.
El lejano que se acerca y me remueve
el olvido que yacía levitante,
el cercano que construye hogar de lumbre
de esperanza corroída y no aguardada.

Si he de escoger, ya he escogido.
Y la luz revelará entre nuestros cuerpos
la explosión no visible en el pasado.
Si he de escoger, cojo tus manos,
mariposas que aletean en mis páramos,
intuirte cuando aún no están presentes
esos pasos que una vez oí de lejos.

Fuera de mi,
estoy etéreamente acariciada,
y niego hasta mi ausencia
con el cierto presumir de tu presencia.

Ana Mª Álvarez © 2002

viernes, 25 de febrero de 2011

Dedicatoria















Amor, en este libro que te entrego
de páginas en blanco y somnolientas,
te dejo el corazón, para que sientas
mi piel en cada hoja como un fuego.

Tan sólo unos poemas, no lo niego,
escritos para ti, sin darme cuenta;
llegaron como llega la tormenta
dejándome después paz y sosiego.

Amor, en este libro va mi vida
aún sin escribir, blanca y ajada,
extraña, polvorienta y dolorida.

Amor, ¡cúanto me das sin pedir nada!
curándome con versos mis heridas
y haciendo de mi noche una alborada.

Ana Mª Álvarez Barroso © 2004

sábado, 12 de febrero de 2011

Jueves















Otro jueves que pasa en el fiel calendario,
otra tarde de charla, de café, de sonrisas,
del juego de los niños, de la brisa en el rostro,
de miradas que hablan y de labios que callan.

Otra tarde de ocio en día de descanso,
compartiendo el instante sin preguntarnos nada,
quizá, íntimamente, deseando otro jueves
u otra tarde de asueto de un festivo cercano.

Pero ayer, ayer jueves, no fue un jueves cualquiera,
fue algo más que una tarde templada de febrero,
la inquieta presencia de un duende entre las manos,
fue cascabel sonoro que repica en el pecho.

Nunca una despedida unió tanto dos almas,
unió tanto dos cuerpos que apenas se rozaron.
Tus labios y los míos se encontraron, furtivos...
a la felicidad, hay que llamarla jueves.


Ana Mª Álvarez Barroso © 2011

domingo, 23 de enero de 2011

La barra de labios




















“En realidad no parece tan desagradable” –pensó Isabel cuando llegó con su pequeña maleta y el neceser en la mano.

Miró la habitación, algo desabrida, con un visillo blanco que tapaba únicamente el hueco de la ventana. Parecía uno de esos hoteles baratos en los cuales, si tiras con brusquedad de las cortinas, te quedas con ellas en las manos. Se asomó y tenía vistas a la zona ajardinada que pertenecía al centro. Dos camas individuales, con sus respectivas mesillas de noche, acondicionaban la estancia; sobre las cuales, unas colchas color verde agua eran el único toque de color en la sala. Isabel, sin decir nada, dejó la maleta en el suelo, y el neceser sobre la cama que estaba junto a la ventana. Tomó su bolso, lo abrió con parsimonia y, tras sacar un libro -como si hubiese hecho un conjuro invocando a todos los dioses- se recostó en la cama a leerlo.

Poco duró su tranquilidad. Empezó a escuchar voces por el pasillo.

-¿Cómo? ¿Sin decírmelo antes? ¿Sin mi permiso siquiera? ¡De ninguna manera pienso aguantarla!

Un huracán entró en la habitación, y con un golpe en la puerta sólo se escuchó la voz chillona de Ana.

-¿Quién narices eres tú, y qué haces en mi cama? ¡Vamos! ¡Levanta el pandero de ahí a la de “YA”!

Isabel, estupefacta, no podía articular palabra. Se levantó de la cama sin soltar el libro, se retiró hacia la ventana y preguntó con voz muy baja si ella era su compañera de cuarto. Y esa era la realidad, ese torbellino con voz de grillo sería la acompañante de sus días estivales. Mas la cosa pintaba fea, y esto sólo había hecho empezar. Así que retiró todo lo suyo y lo dispuso en la otra cama. Ana, aunque más joven, era la veterana y tenía derechos que ella no tenía, así que, de momento sólo podía “hacer mutis por el foro”.

Conforme pasaban los días, Isabel se iba adaptando al calor veraniego, a los nuevos compañeros, a Ana y sus berrinches. Le encantaba, sobre todo, la hora de gimnasia porque estaba notando que hacer ejercicio era algo que le sentaba muy bien, y nunca había cuidado demasiado su aspecto físico. De hecho, si estaba empezando a hacerlo era debido al fisioterapeuta que controlaba toda la tabla de actividades, un muchacho muy atractivo que las tenía a todas “locas”. Evidentemente, Isabel y Ana no iban a ser menos. Pero siendo compañeras de habitación, la probabilidad de disonancia entre estas dos bellas notas musicales era realmente alta. Tan alta que, de un día para otro, comenzó una guerra campal.

-“¿Dónde la has puesto? Has sido tú, seguro. Nadie ha podido entrar en la habitación más que tú. ¡Eres una víbora!” –increpa Isabel, con tono dolido y lloroso a su compañera.

-“¿Yo? No sé de qué me hablas. ¡Y no me insultes!”

-“¡Que me la des! ¡Quiero mi barrita de labios color coral! Me hace juego con la cinta del pelo…” –casi llorando- “¡Devuélvemela, es mía! ¡Ladrona!”

-“¿Robarte yo esa barra de labios? ¡Pero si tiene un color espantoso! Eso no conjunta ni con mi pijama viejo… Además, estás horrorosa con ella; Isabel, mejor que la hayas perdido.”

-“De horrorosa nada, que a Eloy le encanta como me queda. Siempre me lo dice cuando llegamos al gimnasio.”

-“Isabelita, hija, qué ilusa eres, te lo crees todo. ¿Pero todavía no te has dado cuenta que tú no le gustas?”

-“¿Cómo que no le gusto? Pero si es un primor conmigo, y es tan atento…”

-“Por eso mismo no le gustas, porque es atento; sólo te adula por cortesía. Quien le gusto soy yo”

-“Ni hablar, le gusto yo, ¿cómo le vas a gustar tú, delgaducha?”

-“¡Ja! Le gusto yo, desengáñate”

-“¡No, no, y no! ¡Le gusto yo!”

Le gusto yo, le gusto yo, le gusto yo… y así los gritos fueron aumentando, y ensordeciendo todo el pabellón, hasta que momentáneamente irrumpió un responsable del centro en la habitación de ambas.

-“Buenas tardes, ¿se puede saber a qué se debe esta algarabía?”

-“Muy sencillo, Ana me ha robado mi barra de labios, y …”

-El responsable interrumpe a Isabel “¿Pero os parece bonito a vuestra edad? Señoras mayores, ochentonas, pasando el verano en una residencia ¿y peleando por una mísera barra de labios? Vamos, Ana, si la tienes, devuélvesela, y si no, dejaos de bobadas, que parecéis quinceañeras. ¡Por Dios! Que ya sois mayorcitas, os la prestáis, y santas pascuas. No es tan difícil convivir y llevarse bien, ¡vamos, digo yo! Espero que una situación como esta no vuelva a repetirse más.”

Isabel, consternada, cogió su libro, miró a Ana fijamente a los ojos como si quisiese atravesarla, con el expreso deseo de leer su pensamiento intentando adivinar el escondite secreto donde tenía su mayor tesoro: su lapiz labial. Mas como no cabía esa posibilidad, no tuvo otra alternativa que salir del habitáculo que compartían, ya que sólo podría sentir alivio estrangulándola, y sus manos de anciana no poseían la fuerza suficiente para ello.

Mientras tanto, Ana quedó en silencio. Tras ver salir a Isabel de la habitación, se asomó a la ventana y la vio leyendo en uno de los bancos de hierro del jardín. Segura de su soledad se sentó en la cama, abrió el cajón de la mesilla, cogió un espejito de bolso y, escondida debajo de las sábanas, estaba el lápiz labial de Isabel. Se miró al espejo, se pintó los labios, y en su rostro lleno de arrugas se dibujó una pícara sonrisa.


Ana Mª Álvarez Barroso © 2009

viernes, 7 de enero de 2011

Todo él





















Su voz, cristal tallado,
rasgada por las fauces de la doliente vida
embelesa mis tardes
con lunas que reservo para mis negras noches..

Sus ojos, maremoto,
serenan mis temores, acarician mi rostro,
y perfilan mis labios
con un pincel de olas dormido en su mirada.

Sus manos alargadas
me rozan sin rozarme, escribiendo en el aire
un poema sin nombre
que alberga una esperanza, destilando ilusiones.

Su corazón inmenso
derrama una cascada de pasiones ocultas.
Mas temo la corriente
que poderosamente me arrastra hasta su cuerpo.

Su ausencia y su presencia
que siempre me acompañan como sombra difusa,
enturbian mis sentidos,
llevándome hasta el río donde se asoma el puente.

Ana Mª Álvarez © 2004